¡Nueva sección! ¡Guía del viajero de Falrak!

¡Saludos a todos!

A medida que nos vayamos adentrando en los rincones de Falrak y vayamos recorriendo su vasto territorio, dada su enorme extensión y pluralidad de naciones, pueblos y costumbres, a menudo nos encontraremos con términos que nos sonarán extraños y desconcertantes. Es por eso, que me dispongo a recopilar todos esos términos, seres, lugares o costumbres en este documento, que se irá ampliando a medida que vayamos haciendo camino. Espero que os resulte tan agradable y excitante de leer, como a mi escribirlo.

¡Que la fortuna guie vuestros pasos!

-Draevan, Erudito y Aventurero.

Empecemos pues por el principio. ¿Qué es Falrak? Falrak es un enorme continente bañado en su parte oriental por un grandioso océano, al sur choca con otra basta masa continental: Zaephyr. Al norte, tras una inmensa y colosal cordillera montañosa llamada “Los dientes del lobo”,  se extiende una tierra oscura y helada, la cual no es pisada por los pueblos civilizados hace cientos de años. Todo aquel incauto que se aventura más allá de Los dientes no regresa jamás, y si lo hace, lo hace sin cordura, contando fabulas sobre seres monstruosos, hombres bestiales que se comen los unos a los otros y una Diosa viviente con cabeza de lobo que se baña en la sangre de sus súbditos. Otro día trataremos este tema. Y finalmente, al oeste, se extiende un inacabable desierto que resulta prácticamente imposible de cruzar. Se sabe que al otro lado hay llanuras quilométricas que forman una gran estepa y que los hombres que allí habitan no tienen morada fija, sino que viven a lomos de su caballo y llevan su casa a cuestas. Hay maneras de llegar hasta allí, si, atravesando Zaephyr y vadeando el desierto por el sur, una empresa que llevaría años. Solo aquellos con un objetivo muy concreto harían tal cosa, y he de deciros que yo no conozco a nadie que lo haya hecho, y eso que  conozco a mucha gente.

Aun no he respondido a vuestra pregunta ¿Verdad? ¿Qué es Falrak? Falrak es un conjunto de pueblos y naciones, de costumbres y tradiciones, de mitos y leyendas, de sangre y guerra, de triunfo y victoria, de derrota y traición. Falrak es una tierra con personalidad propia, que está viva y tiene alma. Ah Falrak, tierra de mis amores.

Hablemos de política. Pese a la enorme extensión de territorio que posee Falrak, se compone tan solo de doce estados reconocidos. Digo reconocidos, porque siempre surge algún cacique tribal o señor de la guerra, que toma por la fuerza alguna región remota y ya sea porque no le interesa demasiado a su legítimo dueño, o por que se encuentra muy aislado, se autoproclama “rey”. Estos “reinos” no duran demasiado,  suelen acabar como empezaron, con sangre y muerte. De mayor a menor importancia clasificaríamos los reinos de la siguiente manera: Karvak, Rovno, Akramast, Oldon, Alitania, Vasaya, Carotan, Valagun, Zaerun, Amnos, Menderia y Katarlan.

El primero de todos, Karvak, es también el mayor en extensión, ocupa aproximadamente la mitad del continente. Es el reino que heredó directamente el legado que dejó el antiguo imperio al desmoronarse, y es el reino con más poder a día de hoy. El resto de reinos son fragmentos, provincias que con el tiempo adquirieron la suficiente autonomía como para que ese gran todo ya no fuera necesario. Como todo gran imperio, acabó por colapsarse y fragmentarse. Y el resultado es la Falrak de hoy en día.

Por supuesto que no fue siempre así. Si retrocedemos en el tiempo y nos remontamos a los primeros días, mucho antes del gran imperio, antes de la formación de las ciudades, al tiempo de los clanes, veremos de donde viene originalmente el nombre Falrak. La palabra Falrak deriva de la lengua primigenia de los Yahin (Los Dioses, en singular Yahen) del término antiguo Fael’eh’rak, que vendría a traducirse aproximadamente como “la tierra dada a los hombres”.

Bien amigos, espero haber arrojado algo de luz sobre el tema. No os preocupéis si algo parece confuso, para eso estoy aquí, para contaros lo que queráis.  Abrochaos bien las botas, ceñíos bien la espada al cinto, guardad todo lo necesario en el macuto, por que el viaje será largo. Muy largo.

¡Que Distigar ilumine vuestros días!

-Draevan, Erudito y Aventurero.

Mapa de Falrak

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Se abre el telón

El Abuelo se apoyaba en su cayado, meditabundo, con aire sombrío. El viento de la montaña le agitaba el poco pelo que le quedaba, pero ni eso ni el mugido de las vacas interrumpían sus pensamientos. Hacía una semana ya que habían enterrado a Eneko. Él mismo ayudó a cavar la tumba tras su casa y a poner la pesada losa que cubría el sepulcro. La mujer del campesino había colocado un ramo de flores de fuego para que lo alumbraran en su tránsito al seno de la madre. Demasiadas muertes en tan poco tiempo. El Abuelo estaba molesto. No solo porque un amigo y vecino hubiera muerto de aquella manera tan atroz y sospechosa, sino también porque su intuición le decía que aquel extraño hombre de ropajes negros que se hospedaba en Erregure desde hacía dos semanas, era el culpable. No sabía por qué, ni podía demostrarlo, pero estaba totalmente convencido. Tras aquel rato de meditación, decidió que aquel día no le iba a ser productivo, por lo que recogió sus cosas, se despidió de sus vacas y se encaminó hacia la aldea.

Era media mañana cuando pisó las polvorientas calles de Daero. El mercado todavía estaba montado y la plaza de la aldea se hallaba abarrotada. Al Abuelo le gustaba el bullicio, así que decidió atravesar el mercado de camino a casa y de paso admirar los coloridos tenderetes de viandas. Tras catar un par de quesos y comprar unas manzanas prosiguió hacia el hogar. No acabó de salir del gentío cuando se topó frontalmente con aquel extraño hombre vestido de negro. Sus músculos se tensaron, su respiración se aceleró y apretó la mandíbula… Todo lo que pudo hacer fue tropezarse torpemente, el golpe casi lo tira al suelo. El desconocido se paró para mirarlo.

-Ten más cuidado anciano – su voz sonó como el puñal que araña la piedra. Siguió caminando.

El choque había sido intencionado, lo estaba tanteando. Desde luego una cosa se podía asegurar, el tipo era fuerte. El hecho de que se hubiera estado a punto de caer no fue simulado, había sido como chocar contra un muro de piedra. Pero el Abuelo no había perdido facultades, con ese pequeño contacto  tubo suficiente para arrancarle una bolsita de terciopelo negro del cinto. Se le escapó una risita picara mientras atravesaba su jardín para entrar en casa. Una vez a cubierto y fuera del alcance de miradas indiscretas, se dispuso a abrir la bolsita. Estaba emocionado, hacía años que no hurtaba nada, sus dedos aún recordaban. Cuando abrió la bolsa encontró lo que esperaba, sino una pequeña flauta negra. Corta, de cuatro agujeros tan solo. Llamaba la atención el material del cual estaba hecha, el Abuelo nunca había visto nada parecido. El instrumento no pesaba nada, pero en cambio era tremendamente resistente, ni con ambas manos había sido capaz de quebrarla. Continuó examinándola un rato hasta que descubrió que,  lo que al principio pensó que eran muescas, en realidad era una inscripción, solo que minúscula. Trató de leer los extraños caracteres. Tras un rato dándole vueltas se percató de que no estaba escrito en ninguna lengua que se hablara hoy en día, eran caracteres de la lengua de los Ilunar, eran caracteres de una lengua que hacía más de diez mil años que no se pronunciaba ni escribía. El Abuelo refunfuñó, guardó la flauta en la bolsa y volvió a salir de la casa a toda prisa.

Corrió calle abajo, hacia la plaza del mercado nuevamente. La hora de comer estaba próxima , y los comerciantes ya tenían sus puestos prácticamente desmontados. Siguió corriendo cuesta abajo, para llegar a un prado vacio. El radiante verdor de la hierba alta deslumbraba con su viveza. Dio media vuelta y volvió a subir, solo que esta vez rodeando la aldea. Llegó a la parte superior del poblado y se internó en una arboleda cercana a su casa. La luz apenas penetraba entre el espeso follaje de los arboles, el aire se respiraba cargado y enrarecido. El Abuelo guardó silencio y escuchó el bosque. El crepitar de las ramas, el vaiben de las hojas y el silbido del viento le hablaron. Supo que estaba allí. Se internó en la espesura con el mayor de los sigilos e inició la búsqueda. Con pasos felinos caminó entre arboles y arbustos hasta que dio con él. Lo encontró en un linde bastante despejado y llano. Caminaba a cuatro patas y husmeaba como lo haría un perro de caza. El Abuelo se mostró. El extraño hombre de ropajes negros dejó de husmear y vio al Abuelo, se puso en pie y permaneció en silencio. Antes de que el extraño pudiera reaccionar, el Abuelo extendió las manos hacia él, al tiempo que susurraba  unas palabras ininteligibles y una gran ráfaga de aire sopló violentamente hacia el desconocido, que fue sorprendido. Éste, se cubrió la cara con ambos brazos y luchó contra la ráfaga para mantener el equilibrio. Su amplia capa salió volando, pero él permaneció en pie. Sus ropajes estaban viejos y gastados, pero habían sido de calidad. En su jubón lucia una flor de lis roja bordada. Una espada y un puñal colgaban de su cintura.

-Muy buen truco brugu, pero te hara falta algo mas que eso para detenerme – dijo el extraño.

-Asi que eres tu el Cazador del que me hablaron. De criatura perversa tienes pinta mas bien. – replicó el Abuelo.

-¿Ah si? ¿Te han hablado de mi? Que consideración hacia mi persona. – El Cazador hizo una reverencia burlona.

-Si, un conejo parlante me dijo que vendrías. – La pérfida sonrisa se borró del rostro del Cazador y se tornó en una expresión de enojo. De inmediato, fue a echar mano de la bolsita de terciopelo que debería de colgar de su cinto, al darse cuenta de que no la llevaba rugió con rabia.

-¿Buscas esto? – le dijo el Abuelo al tiempo que le mostraba el saquito aterciopelado.

-¡Vas a morir viejo! – gritó el Cazador mientras iniciaba una carrera hacia el Abuelo, al tiempo que desenvainaba su espada.

El anciano hizo un movimiento de cejas,  una chispa azulada centelleó en sus ojos y el suelo bajo los pies de su atacante se volvió liquido. El Cazador se empezó a hundir mientras hacía vanos intentos por no sumergirse.  Cuando la tierra le llegó al cuello, se detuvo.

-Que el castigo de los hombres caiga sobre ti por lo que has hecho – sentenció el Abuelo.

-¡Te mataré Itzal! Aunque me cueste diez vidas te juro que acabaré contigo y con toda tu descendencia. Arrasaré con fuego y gran furia todo aquello que amas.

El Abuelo susurró de nuevo unas palabras apenas audibles, los arboles cercanos empezaron a agitarse y sus ramas a crecer hacia el cazador, que lo rodearon. Lo sacaron del suelo dejándolo suspendido en el aire. El anciano dio media vuelta y emprendió el camino hacia el torreón de Don Julien.

•••

El torreón de Don Julien era la única estructura fortificada de Daero. Edificado sobre un gran promontorio, dominaba el valle y todos los accesos a éste. En sus sotanos se ubicaba la prisión. Rara era la vez que se vieran muchas celdas llenas. Los lugareños eran gente de bien y no le daban muchos problemas al noble, alguna riña de borrachos ocasional, nada más. Pero las malas lenguas hablaban de que mucho mas abajo del nivel de celdas, existía un lugar reservado para los especialmente problematicos. Un lugar del cual, todo aquel que bajaba, no volvia a subir.

Allí yacía el Cazador. En las profundidades del torreón, en una oscura y humeda cámara de piedra maciza. Apresado en una silla metalica, con cientos de puas penetrándole la blanca carne, hacia días que era torturado. Un par de hombres sucios y mugrosos calentaban un hierro en un brasero candente, cuando el hierro se ponía al rojo, laceraban el cuerpo del Cazador.

El pesado portón de madera se abrió chirriante y dio paso a Don Julien. Era un hombre alto y robusto, de rubios cabellos y severos ojos verdes marcados de arrugas. Iba cubierto de pies a cabeza por una gruesa capa azul oscuro. Cuando entró, un hedor a heces, sudor, humedad y carne quemada penetró sus fosas nasales. Con cara de asco se plantó ante el Cazador.

-Bien, “Ca-za-dor”, ¿Para quién trabajas? – preguntó el noble. No hubo respuesta. Don Julien hizo un gesto con la cabeza a uno de los torturadores, que cogió uno de los hierros candentes y quemó con él la espalda del Cazador. Contuvo el grito.

-Te lo volveré a repetir ¿Para quién trabajas?

-Ya sabes para quien trabajo – contestó el Cazador.

-Quiero oírlo de tu boca.

-Trabajo…. Para tu puta madre – Don Julien propinó un tremendo puñetazo en la boca al Cazador. La sangre chorreó por su mentón y un par de dientes cayeron al suelo. El noble se sacudió la mano de sangre con repugnancia.

-¿Para quién trabajas?

-Trabajo para el rey de Karvak – musitó con esfuerzo el Cazador.

-Bien, hemos hecho un avance. Trabajas para Arnald rey de Karvak.

-No. Trabajo para Renald rey de Karvak – Don Julien abrió mucho los ojos y no pudo evitar abrir la boca. Finalmente rió.

-Debes estar equivocado. Ese vejestorio desapareció hace quince años dejando a la deriva su reino en manos del pusilánime de su hijo. Sin duda estar encerrado aquí y las  torturas infligidas te están haciendo delirar.

– No deliro.

-Vamos a cambiar de método, este le está afectando el juicio. Tenazas. – Los torturadores dejaron las barras de hierro en el brasero y cogieron unas tenazas.

El noble hurgó dentro de su capa y sacó una bolsita de terciopelo negro. El Cazador se revolvió en la silla, las heridas se reabrieron y la sangre brotó salpicando el encharcado suelo. Don Julien sonrió.

-¿Qué es esto? – preguntó el noble mostrándole la pequeña flauta negra.

-¡Deja eso! ¡No lo toques! – El Cazador pareció enloquecer. Don Julien disfrutaba.

-Mis informadores me han dicho que se trata de un objeto maligno y extremadamente peligroso. ¿Cómo se usa?

-¡Que lo dejes te digo! ¡Devuélvemelo!

-Parece una especie de instrumento musical, me pregunto que pasará si soplo – Sin perder la sonrisa de su rostro, Don Julien hizo el amago de soplar.

-¡No! ¡Noo! ¡Noooooo! – Don Julien sopló. Un agudo y estridente sonido retumbó por toda la estancia.

-Vaya, parece que se ha roto. – El noble sopló una segunda vez, el resultado fue el mismo.

-Ese maldito viejo ha perdido la cabeza también. Es una flauta rota. Bah. – Don Julien arrojó el instrumento a los pies del Cazador que guardaba silencio.

-¿Y ahora que? ¿Se te han comido la lengua? – Como respuesta a la pregunta del noble, el Cazador empezó a reir.

-¿Qué es lo que te hace tanta gracia? – La risa del Cazador siguió aumentando hasta convertirse en la de un maniaco.

Como bocanadas de humo, una viscosa oscuridad surgió del instrumento y ante el asombro del noble y sus secuaces, se dividió tomando la forma de dos grandes mastines. El primero en chillar fue Don Julien, uno de los mastines se abalanzó sobre su cuello y ahogó su grito en gárgaras sanguinolentas. El otro mordió el brazo de uno de los torturadores que había tomado uno de los hierros candentes. De un tirón le arrancó la extremidad, el hombre se desplomó. El segundo torturador tropezó con el brasero y rodó por el suelo. Le dio tiempo a girarse para ver como los monstruosos seres, se le echaban encima y hacían trizas su cuerpo a dentelladas. Cuando acabaron, destrozaron a mordiscos la silla que retenía al Cazador, liberándolo. El Cazador se agachó y recuperó la flauta. Tomó la capa de Don Julien y se la puso.

-Buenos chicos.

El siniestro hombre abandonó la estancia acompañado por sus dos sombríos cánidos.

Se abre el telón: El Abuelo

Se abre el telón: El Abuelo

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El Desconocido

La respiración del hombre retumbaba en sus propios oídos. No oía nada mas, solo sus exhalaciones en la  completa oscuridad, encerrado en aquel cubículo de piedra maciza. Ni siquiera cuando se movía escuchaba ya las cadenas que lo ataban. Aquel silencio sordo se hizo más profundo aun y dejó de oír sus inhalaciones también. Solo el latido de su corazón permanecía, continuo, tranquilo, al acecho.

•••

Cada día, durante toda la eternidad, en la hora más oscura, Distigar sale por el horizonte. Con ella viene la luz, el calor, la vida, la esperanza, el final de la agonía. Ella hace que los monstruos vuelvan a sus cubiles y el mundo sea menos peligroso para el hombre. Atraviesa el cielo en un vuelo majestuoso de horizonte a horizonte y al acabar su jornada vuelve al seno de su madre, La Tierra.

Distigar se marchaba y como un mal presagio, la figura oscura y polvorienta de un hombre apareció en Daero. Caminó en silencio por la aldea, como un espectro, hasta llegar a Erregure. Abrió la puerta y entro. En su interior, en aquel ambiente cálido y apetecible, los aldeanos conversaban animadamente después de un largo día de trabajo. Bebían, reían y comían algo ligero antes de cenar. Toda aquel jolgorio cesó de inmediato cuando aquel desconocido, pálido, de pelo largo y moreno,  que apenas dejaba ver su rostro, ataviado con una gruesa capa negra que le llegaba por debajo de las rodillas, entró en escena. Se quedó por un instante en el umbral, quieto, como escudriñando a todo aquel que había allí, o como si quisiera que todo el mundo viera que se disponía a entrar. Tras ese instante cerró la puerta con suavidad y atravesó el gran salón. Los tablones de madera del suelo crujían con cada paso de sus altas y tachonadas botas. Llegó a la barra y se apoyó en ella. El mesonero se quedó mirándolo con desconfianza.

-¿En qué puedo ayudarle? – dijo el fornido hombre de detrás de la barra secamente. El desconocido guardó silencio, seguía allí parado, analizando cada rincón de la estancia.

-Quiero alojamiento – dijo el extraño al fin. Su voz sonó como una tumba al abrirse.

-Lo siento, estamos completos – el posadero dejó entrever una leve sonrisa maliciosa.

-El dinero no es problema – a la vez que decía esto, el forastero dejó caer una pesada bolsa de monedas sobre la barra, que se abrió y esparció su contenido. El brillo dorado del oro se reflejaba en los ojos del posadero.

•••

Las muñecas y los tobillos se le habían entumecido por la presa que ejercían los grilletes. Llevaba varias horas sentado en aquella silla infernal. Desnudo completamente, sus brazos y su espalda reposaban sobre decenas de púas metálicas que se le clavaban en la carne. Sus muslos en cambio, solo se apoyaban en una estrecha barra que dejaba toda la parte genital expuesta a ser maltratada. La sangre golpeaba lentamente un suelo ya granate.

Al principio se resistió y chilló cuando lo sentaron en la silla, después lo golpearon duramente en la cara y las costillas. Solo fue cuando se marcharon, cuando se dio cuenta de que no le habían hecho ninguna pregunta, ni siquiera le dirigieron la palabra. Se revolvió furiosamente en el objeto de tortura solo consiguiendo que sus heridas sangraran más. Gritó maldiciendo hasta que se le quebró la voz. Entonces entró en un estado de profunda frialdad, utilizando su dolor y su odio para alimentarse, usándolos como combustible para su pérfida mente. La mirada de aquel hombre cambió cuando supo como iba a escapar de allí.

•••

Eneko canturreaba alegremente mientras empujaba una carretilla rebosante de hortalizas. Aquella mañana salió temprano de su granja con la intención de ver al Abuelo antes de que se fuera a los pastos altos. El fornido campesino caminaba raudo por un camino de tierra esquivando los baches producidos por el efecto de la lluvia. De vez en cuando la rueda del pequeño vehículo de madera se metía en algún socavón y hacia que se tambaleara. Pasado un rato el camino se hizo cuesta abajo suavemente y tras bordear un par de colinas se abrió el valle donde se encuentra Daero. Las casas de piedra sumidas en la penumbra y el silencio eran las únicas testigos de la llegada de Eneko a la aldea. De una de las chimeneas brotaba una tímida fumat.  Hacia allí se dirigieron los pasos del agricultor.

Cuando Eneko llegó a la casa del Abuelo y su familia, se detuvo. No sabría decir muy bien porque lo hizo. De repente una sensación de inseguridad y desconfianza le invadió, se quedó allí plantado, a escasos metros de la valla que rodeaba la finca. Había algo raro, un halo de negrura demasiado profunda alrededor de la casa. El aire se volvió más frio y más…viscoso. Entonces lo vio. Una silueta más oscura aún, merodeaba alrededor del edificio. Se daba vueltas, se paraba, se agachaba, seguía dando vueltas, se volvía a agachar. A Eneko le pareció como si buscara algo. El miedo le mordía feroz el pecho. Al fin, consiguió articular palabra:

– ¿Quién va? – La silueta negra se detuvo, a Eneko se le cortó la respiración. Haciendo acopio de todo su temple volvió a hablar.

– Mostraos si sois tan amable. – Por un momento todo permaneció inmóvil, pasado un leve lapso de tiempo, de entre la oscuridad emergió el pálido y pétreo rostro de un hombre de cabello largo y moreno que vestía completamente de negro. Un súbito viento agitó los ropajes del extraño personaje, el cabello le ondeaba fundiéndose con las sombras de las que acababa de salir y entre tanto negro, un brillante emblema se dejó ver tímidamente por un instante bordado en el jubón del desconocido. Una flor de lis roja. Eneko se quedó atónito. Sin mediar palabra, el hombre de los ropajes negros dio media vuelta y desapareció en la oscuridad. El campesino se quedó allí, en mitad del camino, sin dar crédito de lo que acababa de ver. Las primeras luces del alba despuntaron tras las altas montañas que rodeaban la aldea y bañaron la casa y al campesino, que como salido de una pesadilla pareció despertar con el calor de Distigar. La oscuridad retrocedió y los colores volvieron a pintar el mundo.

Eneko acabó de subir el poco trecho de camino que le quedaba hasta la puerta de la vivienda y la golpeó tres veces con los nudillos, poco después el Abuelo asomó la cabeza. Se quedó mirando al campesino con extrañeza. El agricultor temblando subió la mirada y encontró los ojos del Abuelo interrogantes.

-No te vas a creer lo que acabo de ver.

•••

Tras el desagradable incidente de la mañana, Eneko se dirigió a Erregure donde desayunó copiosamente. Más tarde y con la tripa llena, acudió al mercado donde vendió el cargamento de verduras. La venta no le fue muy bien, de manera que acabó más tarde que de costumbre. Para cuando estuvo listo para regresar a casa, el crepúsculo venia pisándole los talones. Su mujer lo iba a matar, más valía que se apresurara. Subió cuesta arriba a paso ligero, zigzagueó un par de calles y por fin tomó una última a mano izquierda que salía del poblado. Antes de abandonar completamente Daero, volvió a pasar por delante de casa del Abuelo y su familia. La vivienda se encontraba un poco alejada de la aldea y daba justo al camino que llevaba a la suya. El recuerdo del extraño suceso le volvió a la mente, un escalofrió le recorrió la espina dorsal.

El día se iba extinguiendo a cada paso que daba el campesino. Por mucho que corriera, la noche le ganaba terreno  y antes de que pudiera darse cuenta, la oscuridad lo rodeaba por completo. Disminuyó el paso derrotado. Como escuchando una plegaria, la luna salió por detrás de las recortadas montañas y le iluminó el camino. <<Gracias Ilargi>> se dijo para sus adentros. Ahora, animado, caminaba con un ritmo más alegre. El hambre y la promesa de un lecho caliente, lo alentaban a mantener el ritmo.

Transcurrido un buen trecho, llegó a un gran árbol muerto y seco que se alzaba vigilante a un lado del camino, aquello indicaba que ya estaba cerca de casa. <<Un recodo más y llegaré a la gran piedra y al otro, a casa. >> Eneko siguió caminando y tomó un recodo a la derecha. Trescientos pasos más adelante, una gran roca se erguía en el linde del camino. La luz de la luna rebotaba en la piedra haciéndola brillar con un resplandor argénteo. Una sonrisa cruzó la cara del campesino. Justo llegaba a la altura de la enorme masa pétrea, cuando un estridente silbido le penetró los tímpanos.  Alzó la cabeza hacia donde venia el molesto sonido y ahí estaba él. El siniestro desconocido.

Se encontraba sentado en lo alto del enorme monolito, con los pies colgando y el pelo y la capa ondeando al viento, como tentáculos de oscuridad. Sostenía entre sus manos un extraño objeto que con la luz existente, Eneko no alcanzó a distinguir lo que era, pero por la forma en cómo lo cogía, supuso que era algún tipo de instrumento de viento. El desconocido se llevó el instrumento a la boca y aquel agudo y punzante sonido volvió a oírse. El campesino, agarrotado por el miedo, se mantenía inmóvil contemplando la escena. Una insólita negrura surgió del objeto que portaba el misterioso hombre, descendió flotando haciendo un par de tirabuzones y se posó a unos metros delante de Eneko. Aquella masa de oscuridad que parecía tener vida propia, se dividió en dos y empezó a tomar forma. Las figuras de dos grandes mastines  surgieron de aquella viscosa substancia.

Unas fauces más oscuras que el más profundo de los abismos del infierno se cernieron sobre el desdichado campesino. Acuchillaron su carne una y otra vez mientras sus desgarradores alaridos de dolor resonaban por los montes y la tierra bebía su sangre.

•••

La noticia de la brutal muerte de Eneko no tardó mucho en llegar a Daero. A la mañana siguiente, al ver que la noche anterior no había regresado a casa, su mujer salió a buscarlo de inmediato. Lo cierto era que no había pegado ojo en toda la noche, cada segundo que pasaba era una tortura para su mente, que agitada no paraba de pensar en los múltiples motivos por los cuales su marido no volvía. Se habrá emborrachado en la taberna. Se habrá ido a retozar con alguna fresca bajo los efectos de la sidra. Se habrá caído en la oscuridad. Le habrán robado. Lo habrán atacado. Lo habrán ma… En la solitaria oscuridad de la noche un gemido ahogado se atascaba en su garganta. Las lágrimas mojaban su lecho. La impotencia y el miedo la atravesaban la boca del estomago como una gélida lanza.

Con el primer rallo de sol arrancó a correr por el camino en dirección a la aldea. No tuvo que avanzar mucho. En el primer recodo a la izquierda que hacía el camino, justo debajo del gran monolito, encontró lo que quedaba de su marido. Yacía bocarriba, en mitad de un gran charco negro de sangre seca, pálido. Su garganta había sido arrancada con ferocidad, apenas le quedaba cuello. En su boca abierta faltaba la lengua, al igual que los globos oculares de sus cuencas. La mujer cayó de rodillas sobre el cadáver de su esposo. Ya no lloraba, gritaba.  Cuando el agotamiento la venció, se quedó dormida sobre el cuerpo inerte de su amado.

A media tarde apareció en la aldea, con la cara sucia y como en trance. Vagó por Daero sin rumbo largo rato. Parecía no oír ni ver a todo aquel que se le acercaba a preguntarle que le pasaba, solo caminaba con paso errático. Finalmente llegó al torreón de Don Julien. Subió las bastas escaleras de piedra y golpeó con rabia la pesada puerta de madera. Se quedó hecha un ovillo y llorando desconsoladamente, hasta que un guardia salió a ver qué pasaba.

El Desconocido

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Maese Conejo

La hierba del prado se mecía acompasada bajo el soplido del leve viento primaveral, los arboles hablaban entre si y el cielo brillaba de un intenso y profundo azul. Una especie de aura de inmutabilidad parecía flotar sobre aquel pequeño rincón de Menderia. Rodeado por un profundo y frondoso bosque, el pie del hombre jamás había pisado aquella hierba, cada brizna conservaba aun la magia ancestral que mana la tierra, intacta.

Un pequeño conejo salió a la carrera de entre los arboles y atravesó con elegantes y gráciles movimientos el prado a toda velocidad. Cada gesto, cada zancada, cada parpadeo, cada respiración, cada salto del animal, eran una obra de arte de la naturaleza en si. Su brillante y limpio pelo negro, su figura aerodinámica y esbelta, su vientre blanco, los dibujos de su mascara facial… Perfecto. Apenas duró unos segundos la impecable carrera del animal, que dejó tras de si una estela de luz azulada que se desvanecía al viento con su paso. La imperturbabilidad volvió a aquel prado cercano a Daero.

 

•••

Kaiet abrió los ojos perezoso, la luz de la mañana se colaba furtiva por las rendijas de la puerta y las ventanas; el interior de la pequeña casa de piedra se componía de siluetas recortadas. El fuego del hogar hacía mucho rato que se había apagado, ahora las cenizas ni siquiera estaban tibias. No había nadie, el niño yacía solo en su lecho de paja. Se levantó y abrió las pesadas ventanas de madera maciza. El frescor matinal le acarició la piel y un escalofrió le recorrió el cuerpo. Se vistió rápido, cogió un cubo y se dispuso a salir rápidamente de la casa. Abrió la puerta, se dirigió a la parte trasera de la vivienda donde había un corral con varios animales y una vez allí, ordeñó a la cabra que tenían. Los chorros de leche iban llenando el cubo paulatinamente, los movimientos rítmicos y el sonido del liquido salpicando hicieron que el niño se sumiera en un trance.

-Pssst  – Kaiet salió bruscamente de su ensoñación y miró en derredor.

-Pssst, pssst. Aquí niño, aquí abajo – dijo una voz susurrante. Kaiet todavía desorientado miraba por todo el corral sin ver a quien le estaba hablando.

-Bajo la conejera – volvió a susurrar la voz. La mirada del niño se posó en la conejera. Al principio no vio nada, pero poco a poco empezó a distinguir algo en la penumbra. Era un conejo, un conejo negro, no como los suyos de campo. El animal lo estaba mirando fijamente con sus grandes y brillantes ojos, respiraba acelerado y parecía que de una de sus patitas salía sangre.

– Vamos niño, no te quedes ahí mirándome y ven a ayudarme – dijo el conejo bajo la conejera.

 

•••

 

La mañana se había levantado fresca y antes de que la reina de los cielos despuntara por el horizonte, el Abuelo ya estaba en marcha. En la oscuridad que precede al amanecer, salía de casa para ir a revisar los rebaños de ganado cada día sin excepción. Se pasaba la jornada de arriba para abajo, entre valles y cumbres, cuidando de todas y cada una de sus vacas. La vida en Daero era tranquila, aquella tierra rodeada de montañas le había proporcionado todo lo que un hombre sencillo como él podría desear: un buen hogar, una buena salud, una buena familia y gracias al trabajo de sus manos, un buen dinero. Evidentemente todo tenía un precio. Tanto él, como su familia, como todos los habitantes de Daero, debían obedecer la antigua ley, y El Caudillo, velaba atentamente para que esa ley se cumpliera y respetara. Pero ese era un precio insignificante, la antigua ley no suponía ningún problema para él. Al Abuelo no le preocupaban las leyes de los hombres, pero si le preocupaba cumplir la voluntad de Ella.

La mañana dio paso a la tarde y la tarde se extinguía como ascuas enfriándose, las sombras se alargaban, la luz menguaba, el tiempo de los del día llegaba a su fin. El Abuelo se dispuso a volver a casa, aquella tarde no le apeteció parar en Erregure, así que siguió su camino. Cuando estuvo de regreso en el hogar solo su nieto Kaiet se encontraba allí. Entró como siempre, saludando con entusiasmo y dando un sonoro portazo al cerrar la puerta, pero la reacción de su nieto no fue la de costumbre, no salió a recibirlo a la carrera, tampoco le saltó a cuello dándole un abrazo. El niño yacía en cuclillas al lado de su lecho, de espaldas a la puerta. El Abuelo aguardó unos instantes antes de hacer nada más, pero Baset no se movía, era como si no estuviera allí.

-Hola Kaiet… – el anciano aguardó de nuevo. No obtuvo respuesta. Dio unos pasos, se acercó un poco. –Kaiet, ¿Qué estás haciendo? – Silencio. Siguió acercándose hasta que llegó a él, le puso la mano en un hombro y entonces lo vio. En el lecho de su nieto había un conejo negro que lo miraba fijamente con brillantes ojos.

-Kaiet… ¿Quién es tu nuevo amigo? ¿Dónde has encontrado ese conejo? – Al decir la palabra “conejo” el niño pareció regresar a la realidad.

– Es el maese Conejo, abuelo. Lo encontré detrás de casa herido. Quería curarlo, pero no sé. ¿Tu puedes curarlo abuelo? ¿Tú puedes ayudarlo? Tiene mucha prisa, no se puede detener aquí – el anciano arqueó una ceja.

-Claro Kaiet, claro que puedo curarlo, pero necesito que me traigas unas cosas. Tráeme un cuenco con agua, una esponja y un paño limpio – el niño salió corriendo a por las cosas que su abuelo le había pedido.

El anciano se quedó observando con recelo al conejo, que miraba a la nada mientras movía enérgicamente su pequeña nariz arriba y abajo.

-Se lo que eres, criatura. Márchate de aquí en paz y no te haremos daño alguno – le dijo El Abuelo a Maese Conejo. – Mi yerno está a punto de llegar y es un guerrero muy poderoso – el conejo seguía mirando al vacio, como haría cualquier otro. – Su espada es de acero negro… –  dijo El Abuelo con una sonrisa maliciosa. El animal, al pronunciarse la última frase pareció abrir mucho los ojos y mover las orejas nerviosamente. Tras un momento de silencio, su expresión pasó de la propia de un conejo normal a la de un ser con una conciencia superior.

-¿Te crees muy listo verdad? – dijo Maese Conejo. Su voz sonaba como la de un hombre joven. Tenía un timbre agradable.

-¡Lo sabia! ¡Sabia que eras diferente! ¡Lo supe en cuanto te vi! – exclamó el anciano en una mezcla entre jubilo y miedo.

-Mis felicitaciones, otra vez he subestimado la perspicacia del ser humano. Ahora, baja la voz, nos van a oír y no me interesa en absoluto – el conejo miraba al anciano con una expresión terroríficamente humana. Al Abuelo, le entró el miedo.

-¿Qué es lo que quieres de nosotros? ¡No nos hagas ningún mal!

-Tranquilo anciano, lo que quiero es lo que parece, curarme y seguir mi camino, nada más. No tengo por costumbre dañar a los humanos y menos a los servidores de Ella – el conejo sonrió y eso pareció atemorizar más al Abuelo – No tengas miedo anciano. Te diré lo que vamos a hacer: ahora regresará tu nieto con lo que le pediste, me curarás como sabes y os dormiréis. Cuando despertéis no os acordareis de nada de lo ocurrido. Yo seguiré mi camino en paz y vosotros con vuestras sencillas vidas. Pero por favor, no me creas un desagradecido, te voy a rebelar una cosa que no olvidarás, no sabrás por qué lo sabes, pero lo sabrás. Huyo de un hombre muy peligroso, le llaman El Cazador, no es un hombre corriente, usa métodos que vosotros llamaríais mágicos, magia oscura, muy, muy oscura. Me viene persiguiendo de largo, me encuentro en esta situación por su culpa. En unos días llegará aquí siguiendo mi rastro, guardaos tú y los tuyos de él, es muy peligroso. Lo reconocerás por que en su jubón lleva bordada la flor de lis roja de Karvak. – El abuelo tenía la mandíbula abierta sin poder articular palabra.

La puerta se abrió de improvisto y entró Kaiet con lo que se le había pedido. Como pudo, El Abuelo se recompuso del shock sufrido y se puso manos a la obra. Lavó la herida de la patita de Maese Conejo con la esponja mojada en agua, con cada pasada, la herida parecía sanar y cerrarse aceleradamente, tanto, que cuando El Abuelo termino de lavarla, no quedaba daño alguno en la extremidad del animal, incuso el pelo  había vuelto a brotar.

Cuando terminaron, el conejo les volvió a mirar de aquella manera tan humana y sus ojos emitieron un destello azulado. El sueño les invadió, pero El Abuelo, haciendo un gran esfuerzo, consiguió pronunciar muy bajo, incluso para el conejo, unas palabras que parecieron un siseo. Hasta que al final se durmió.

Despertó al cabo de un rato. Su hija lo agitaba por los hombros, la cabeza le daba vueltas, escuchaba su voz amortiguada. Inspeccionó rápidamente la estancia, su nieto estaba despierto y parecía el de siempre. El conejo ya no estaba y él se acordaba de todo lo sucedido.

 

maese conejo

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Maese Conejo by Juan Jose Torres Muñoz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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Nueva temporada

¡Muy buenas a todos amigos!

Por fin llega el frío y con él, nuevas historias.

Quería compartir con vosotros un pequeño vídeo que he confeccionado para que vayais paladeando lo que esta por llegar. Espero que os guste. Nos leemos pronto, con nuevas y mejores historias.

Hasta que nuestros caminos se vuelvan a cruzar

Saludos

Juanjo

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Tailer Promocional Falrak by Juan Jose Torres is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://www.youtube.com/watch?v=l0gBNjoKThA&feature=youtu.be.

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Cerrado por vacaciones

Queridos amigos y lectores, desde el día 1 de Agosto hasta el 11 de Septiembre, el blog permanecerá inactivo. Ha sido un comienzo de proyecto muy enriquecedor y productivo, la verdad es que al comenzar con esto no me imaginaba que me fueran a surgir tantas y tan buenas ideas. Me siento muy agradecido por el respaldo y las tan buenas críticas que estoy teniendo, de veras que no salgo de mi asombro. Pero ahora es momento para una pausa. El calor y el estress del verano me resultan agotadores, si siguiera posteando cada semana no os podría ofrecer el 100%, y os merecéis el 100%. Pero que no se asuste nadie, esto se volverá a poner en marcha muy pronto, con muchisimas más historias y aventuras.

De nuevo, muchas gracias a todos. Hasta pronto.

Juanjo

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Historias de taberna

Las sombras se alargaban a medida que el sol bajaba y poco a poco la penumbra se iba adueñando de Daero. A través de la las ventanas y las chimeneas se podía apreciar que los primeros fuegos para pasar la noche estaban siendo encendidos. Era a esa hora, a la puesta de sol, cuando la jornada de trabajo de la mayoría de los hombres de Daero terminaba, y era a esa hora, cuando se reunían en la única taberna del pueblo antes de cenar, en Erregure.

Mas que una simple taberna, se podría describir a Erregure como un salón, un gran salón. Gruesos muros de roca mas dura que la montaña, grandes dimensiones, tres plantas y tejado de pizarra, hacían de la taberna casi un fortín. Entre semana se servían comidas al medio día y bebidas por la noche, pero el fin de semana se congregaban las gentes de toda la comarca. Prestigiosos músicos y artistas del espectáculo habían pasado por allí. El ambiente en el salón principal era estupendo. Cuatro chimeneas, una en cada esquina, ardían a fuego vivo siempre, dándole una buena iluminación y temperatura a la estancia. Los constructores del edificio se aseguraron de que tuviera una buena ventilación, y nunca se acumulaba demasiado humo, si la cosa iba bien. Una larga barra se extendía de punta a punta en la pared oriental y numerosas mesas cubrían el resto del salón. Las paredes estaban cubiertas por múltiples trofeos de caza y exquisitos tapices con motivos heráldicos y mitológicos.

Esa noche era una noche diferente. El ambiente era sombrío, distante, se respiraba un aire enrarecido. Esa noche solo una de las chimeneas ardía, las lenguas de fuego danzaban devorando los troncos en su interior e iluminaban titilantes la gran estancia en semi-penumbra. El frío hacia acto de presencia en las tres únicas personas apiñadas en una esquina de la barra: El Herrero, un pastor y El Abuelo. Absortos en sus pensamientos no hablaban entre ellos, solo miraban la copa de vino que tenían delante. Finalmente, como el cristal resquebrajado cayendo al suelo, se rompió el silencio.

-Supongo que habréis oído lo del hijo pequeño de Tzon – dijo el pastor casi en un susurro. El abuelo levantó la vista de su copa y clavó la mirada en el joven, frunció el ceño a la vez que se le tensaba la mandíbula.

-Si. El día antes del incidente iba con mi nieto. Los dos se internaron en la montaña. Baset tuvo suerte y se refugió en una cueva, pero el otro chico… – cada palabra del anciano sonaba con un deje de amargura en cada silaba.

-Dicen que le faltaba la cara… – intervino El Herrero. El Abuelo bajó de nuevo la mirada hacia su copa, el pastor permaneció atónito ante lo que acababa de escuchar.

-Es cierto – respondió el abuelo – yo vi el cuerpo.

Un silencio tan pesado como la losa de una tumba volvió a imperar en la estancia, el crepitar de las llamas sonaba sordo.

-Hay muchas cosas en esa montaña que desconocemos… – con cautela, El Herrero intentó cambiar de tema – se han visto luces en la cima en noche cerrada, gritos de demonios que retumban por todo el valle cuando las gentes duermen, personas que desaparecen en mitad de una súbita niebla y que jamás se las vuelve a ver. Es un lugar peligroso el monte Arrego.

-Y luego esta ella – el pastor tartamudeaba – la dama de fuego. Dicen que se pasea por el cielo en un carro envuelto en llamas y que a todo hombre que ve le da muerte, a veces, seduce a jóvenes mozalbetes y los atrae hacia su cueva para aparearse con ellos, tras lo que días mas tarde aparecen muertos también, con las partes arrancadas – el miedo en la voz del pastor hizo que se le acentuara la tartamudez – Ubotan nos ampare.

El Abuelo se levantó súbitamente del taburete arrastrándolo hacia atrás ruidosamente y escupió en el suelo.

-¡Aahh, tonterías! Sois peor que un corrillo de viejas, no tenéis ni idea de lo que estáis hablando – sorprendidos, el pastor y El Herrero guardaban silencio – Ubotan… Ubotan no significa nada, es un nombre vacío para un dios oriental importado que se ha puesto de moda en las cortes de las grandes ciudades y que pueblerinos estupidos y supersticiosos como vosotros adoran ignorantes, sin saber exactamente por que – El Abuelo respiraba con una mezcla de enojo y excitación – Yo me preocuparía mejor por ese siniestro individuo que llegó antes de ayer, ese “cazador”. Ese es un problema de verdad.

-No veo el por que – respondió El Herrero aun tenso.

-Un cazador no ronda las casas de los vecinos, un cazador no hace interrogatorios exhaustivos, un cazador no lleva la flor de lis roja…- Justo pronunciaba El Abuelo la ultima palabra, se abrió la puerta de la taberna con un sonoro golpe de par en par. Un chico joven se asomó gritando

-¡Corred, corred! ¡Don Julien y su sequito han detenido al Cazador!

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